

No, no quiero más
efímeras gotas de belleza
que súbitamente mueren
abrasadas en mirada reseca.
Ahora que ya no están,
que son sólo luminarias
delicuescentes,
frígidas,
apagadas sobre la roca,
es el momento, quizás,
de estrujar el regazo amarillo,
muerto y para siempre disecado,
la melodía del norte y del sur.
Porque saldré a la madrugada
cuando cansado estás de ver estrellas,
y en silencio
sin hermosuras
sin dichas
cogeré mi corazón helado,
y me adentraré en la mar sin tiempo
con mi guadaña y mi miedo,
y caminaré ineluctablemente
tras la sal purificante y el despojamiento.
Así, sólo así,
dejando mi esencia,
entraré, mi Dios,
en lo que sólo en ti entiendo.