

No busques al Dios de Jesús
en las alturas vaporosas,
ni en una vida en acomodo,
asentado en epulonas haciendas.
No.
No busques
ahí
al Dios de Jesús.
Búscalo mientras caminas
en sudor con quienes sudan.
Búscalo humildemente recomponiendo
los fragmentos de criaturas de Dios
rotas,
imperiosamente rotas,
injustamente rotas.
Búscalo con entrañas de misericordia,
con besos de fraternal ternura
y cucharas que comparten un mismo plato.
Búscalo ahí,
y, sólo al partir el pan,
contemplarás contigo y en ti
al verdadero Dios de Jesús.