

A
Difícilmente el jardín podía ser más gratificante:
Los pinos se acurrucaban
con sinuosos y tenues movimientos
a los pies mismos de los eucaliptos,
mientras las palmeras vírgenes,
cobijadoras de sueños vertidos sobre el césped,
seguían con su mirada morena
el serpenteo de los arroyuelos
hasta el manadero.
Paseé por el laberinto de caminos de albero
y veredas de hojas secas,
que crujían al pisarlas
como dicen que crujen
los huesos desprendidos del esqueleto fosilizado.
B
Llegué al mirador fronterizo
en el borde del pináculo
alzado en la corona
de la barranca de matorral y espinos.
Era la caída de la tarde.
Miré fijamente al sol
que hervía en su fragua
al lado siempre en la distancia de la mar.
Abría y cerraba los ojos
como queriendo aproximarme
la inmensidad, plenitud sin fronteras.
Me puede la focalidad de luz,
siento su ardor en mi mirada.
Cierro los ojos. Sólo me traje
unos ígneos puntos de luz
que reproducían tantas imágenes
como incompletas y sin sentido.
C
No sé qué es mejor:
Mirar la grandeza hasta la irresistencia,
o asirme a mi caverna de sombras.
¡Qué gozo! ¡Qué plenitud!
¡Qué inmensidad la del instante!
Poco a poco. Casi imperceptiblemente.
Cayó, se hundió el Misterio
en el Misterio inalcanzable.
D
Ido, abrí los ojos.
Una nueva imagen,
que con la inmensidad no vi,
apareció amenazante:
un barco de oscuro casco,
de mirada siniestra, anclado,
dominaba la distancia
entre el mirador y el infinito ido.
Me pareció abandonado del Dios de la Vida.
E
Se hizo la noche.
Todo se transformó en silencio.
Sentí la angustia del mar sin norte,
la agresión de las fieras del desierto,
el cuchillo presto a degollarme,
la soledad aterida,
la impotencia entre las criaturas solas.
Se esfumaron las ideologías.
Se fragmentaron los sueños.
Se retorcieron las manos humanas.
Solo, oí sólo
el palpitar arrítmico de mi corazón
mordido por la ausencia de la luz
irremediablemente ida.
Había llegado sin compasión,
una vez más,
el silencio solitario del Sábado Santo.