

Aquel pequeño azahar sevillano,
entre pinos en gentil mariposa
transformado, con calor resolano
en jornada lo encontré silenciosa.
Sudaba el clavel. Sudaba la rosa,
de sus rigores formándose vientos
-olas de luz, amarillos lamentos-
que acariciaban mi ruta dichosa.
El blanco azahar, sin remordimientos,
encaneció mi negra cabellera
en conciertos de ríos y de mares,
Por eso, al oler a primavera,
solitarios quedan mis aposentos
y mi alma en ti por los azahares.